Escapada rural en primavera.

La primavera es la mejor época del año para perderse en el campo. Está rebosante de vida. El sol luce radiante, el suelo se torna verde, se escucha el trinar de los pájaros. La naturaleza desprende una alegría contagiosa que es beneficiosa para nuestro cuerpo y nuestra mente.

Realizar una escapada rural en primavera nos recarga de energía. La eclosión de vida que experimenta la naturaleza se transmite a nuestro organismo.

Cuando mejora el tiempo, el cuerpo nos pide salir. Hemos pasado todo el invierno recluidos en recintos cerrados para protegernos del frío. De casa al trabajo, del trabajo a casa. Atendiendo nuestras responsabilidades. Si salíamos a tomar una cerveza o un café, lo hacíamos dentro de los establecimientos, no nos apetecía salir a la calle. O hacía frío, o el cielo estaba como apagado.

Por fin nos quitamos los abrigos, los jerséis gordos. Vamos más cómodos. Cuando podemos, nos quitamos también las cuatro paredes de nuestra casa, como si fueran una chaqueta más.

La ciudad está bonita, está bien, pero nos trae reminiscencias de la rutina. Trabajar, trabajar, trabajar. Preocupaciones, preocupaciones y más preocupaciones. Necesitamos salir de ella, como el aire para respirar. Y el campo es donde el aire se respira más fresco.

Nos dicen los gerentes de la Finca Valvedillos, un conjunto de alojamientos rurales ubicados en pleno Valle de la Vera (Cáceres), que la primavera es la época ideal para dar tranquilos paseos por el campo y dejar que nuestra vista se pierda en el horizonte.

La huida de la ciudad.

Recuerdo hace unos años, cuando tres parejas de padres que apenas nos conocíamos de recoger a nuestras hijas en la guardería, decidimos alquilar conjuntamente una casa rural y escaparnos a ella en un puente de primavera.

No sabíamos cómo iba a salir la experiencia. Sabíamos que nuestras hijas eran amiguitas del cole, pero a penas habíamos coincidido entre nosotros. Si a caso en el parque y siempre con prisas. Venga, hay que recoger a las niñas. Bañarlas, darles de cenar y acostarlas. Y todo eso, después de haber estado todo el día trabajando.

A excepción de que éramos parejas jóvenes con hijos y que habíamos terminado viviendo en el mismo barrio, no había nada a priori que nos uniera. Uno era bombero, otro albañil y yo trabajaba, entonces, en el centro comercial. Las madres, una de ellas era camarera, otra administrativa y la madre de mi hija, maestra.

Después de recoger a las niñas de la guardería, cogimos nuestros coches y nos fuimos a la casa rural. Recuerdo que después de acomodarnos cada familia en una habitación, nos fuimos a la cocina y nos pusimos a cocinar.

Un padre hizo una tortilla de patatas con cebolla. Una madre, que le gustaba la comida sana, nos sorprendió con una ensalada de queso de cabra y nueces, y yo me puse a cortar fuet, como si no hubiera un mañana.

En el salón de la casa rural, descorchábamos una botella de vino detrás de otra. La sobremesa de la cena duró hasta la madrugada. Por sorprendente que pareciera, no hacíamos caso a los móviles, salvo para sacarles fotos a las tres niñas juntas, que como decía una madre, parecían “Las tres bessones”.

A la mañana siguiente, bastante tarde, por cierto, uno de los padres, que decía conocer la zona, nos llevó al lado de un arroyo. Nos pusimos todos a jugar al escondite inglés. Era una situación curiosa. Como diría mi madre: “tres hombres con los pantalones bien puestos jugando a cosas de críos.” Te ponías de cara a un árbol, decías: “un, dos, tres, escondite inglés”, te girabas y si alguien se movía, descalificado. Cuando pusieron la serie “El juego del Calamar” en Netflix, no sé por qué, me recordó aquel día.

El bombero dijo que teníamos que haber traído comida y bebida. Ya teníamos una tarea pendiente. Preparar un pic-nic.

Las niñas estaban tan a gusto, que decidieron irse a dormir juntas. Les preparamos una habitación y cada dos por tres, uno de los padres asomaba su cabeza por la puerta para ver cómo estaban. Mientras tanto, los adultos continuábamos con nuestras largas conversaciones en el comedor.

El fin de semana pasó tan rápido que no nos dimos cuenta. Llegó el domingo por la tarde, cada uno cogió su coche, regresó a su casa y se acabó lo bueno.

Ventajas de una escapada en el campo.

Historias aparte, el campo representa una opción fabulosa para desconectar del ajetreo diario. Estas son las cinco ventajas de efectuar una escapada rural que destaca la revista digital Mejor con salud:

  1. El contacto con la naturaleza. La naturaleza tiene el poder de revitalizar nuestro cuerpo y nuestra mente. Respiramos aire puro, percibimos los beneficios de sentir directamente los rallos del sol. Si nos encontramos cerca de un río, un arroyo o agua en movimiento, nos cargamos de energía positiva. Pasear por la naturaleza contribuye a eliminar de nuestra mente pensamientos negativos. Tenemos sensación de bienestar.
  2. Reduce el estrés. En el campo parece que el tiempo no existe. Ya no es que estemos presionados por cumplir unos horarios, sino que al no ver vehículos en movimiento y personas caminando rápido de un lado para otro, tendemos a relajarnos. La naturaleza tiene un efecto calmante. Disfrutar de un entorno natural mejora el rendimiento mental y poco a poco vamos liberándonos de las cargas que arrastramos a diario.
  3. Refuerzo de la vitamina D. La exposición a la luz solar propicia el metabolismo de esta vitamina, tan importante para el buen funcionamiento de nuestro organismo. Se ha demostrado que la deficiencia de vitamina D está relacionada con algunos tipos de cáncer, con la obesidad, con problemas cardiacos y con algunas enfermedades mentales. Esta vitamina influye, también, en nuestro estado de ánimo, propiciando que nos encontremos de mejor humor.
  4. Mejora la concentración. Al reducir el estrés y hacer que nuestro cuerpo funcione a un nivel de energía más bajo, permite aumentar la concentración. Durante nuestra estancia en el campo tendemos a descansar más. Si bien por las noches podemos escuchar ruidos de la naturaleza a los que no estamos acostumbrados, contamos con menos estímulos visuales que en la ciudad, nuestra mente ejercita la capacidad de resetearse.
  5. Comemos mejor. No es algo mecánico, pero es cierto que al tener menos prisa, nos esforzamos por cocinar y comer más sano. Tampoco tenemos la urgencia de comer en un espacio acotado de tiempo, por lo que podemos disfrutar más de la comida y realizar la digestión de una forma más sosegada. Actividades como las sobremesas, pasear por el campo o echarnos la siesta, cosas que a lo mejor no realizamos habitualmente, reportan beneficios para nuestro organismo.

Una escapada para descansar.

Dice la revista «Tendencias hoy» que da igual si nos vamos a una masía en Ibiza o a un campo de arroz en Vietnam, lo importante es la pequeña rutina de alimentarse bien, paseos por la naturaleza, charlas y desconexión para recuperar energías.

Los fines de semana, los puentes y las vacaciones son instrumentos que se han creado para que la persona descanse y pueda rendir eficazmente. Cuando se produjo la revolución industrial, los trabajadores estaban sometidos a jornadas agotadoras de trabajo. Esto se traducía en un aumento de los accidentes, las enfermedades y una reducción de la productividad.

Las vacaciones son una conquista colectiva, pero se ha demostrado que son beneficiosas para que una sociedad funcione adecuadamente. Sin embargo, en ocasiones utilizamos estos descansos vacacionales para reemplazar un estrés por otro, y nuestro cuerpo y nuestra mente no logran descansar.

Hacemos un viaje y queremos ver un montón de cosas en muy poco tiempo. Vamos corriendo a los sitios, como si tuviéramos que ir al trabajo o a recoger a los niños del colegio. Si el museo que queremos visitar lo encontramos cerrado, es como si hubieran cerrado la oficina de Hacienda y no podemos hacer ese trámite tan importante que pretendíamos solventar cuando se nos agotaba el plazo.

Dejamos nuestra concurrida ciudad para ir a un destino tan masificado o más que el lugar del que procedemos. Vamos a la playa, y tenemos que correr más que el vecino para encontrar un sitio libre donde clavar la sombrilla o una mesa vacante en el restaurante. Nos queremos tomar una copa en el chiringuito y hay más cola para pedirla que en la caja de un supermercado un sábado por la tarde.

Las escapadas al campo, son las que realmente cumplen esa función restauradora. Puede ser que nos haya constado un viaje más o menos largo llegar al alojamiento rural que habíamos contratado, pero una vez allí, tenemos todo el tiempo del mundo para relajarnos.

El campo crea las condiciones materiales para desconectar de la rutina diaria y reponer fuerzas, tanto físicas como mentales, para reintegrarnos en ella, una vez concluido el descanso.

Las escapadas rurales mejoran nuestra calidad de vida. Hacerlas en primavera son, aún, más satisfactorias. Asistimos a un precioso proceso de regeneración. Vemos como la naturaleza se está reavivando y nosotros nos reavivamos con ella.

 

 

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