Fuego grabado: el valor del encendedor

Hay objetos que cumplen su función y se olvidan. Y hay otros que, sin que se haya pensado previamente, cobran un gran valor simbólico para su portador. La figura del encendedor se mueve entre estas dos posibilidades. Es un objeto que se lleva en el bolsillo, se usa varias veces al día y pasa de mano en mano sin problemas, cumpliendo su función de uso cotidiano. Muchos de ellos son mecheros prácticamente desechables, que no importa perder antes de que se gasten por completo. Sin embargo, hay otros que son cuidados con recelo por su dueño. Estos suelen ser encendedores heredados o que tienen alguna inscripción o diseño especial para el portador.

 

De la lámpara de Döbereiner al mechero de bolsillo

La historia del encendedor moderno arranca en 1823, cuando el químico alemán Johann Wolfgang Döbereiner inventó un dispositivo que producía fuego mediante una reacción química entre zinc, ácido sulfúrico e hidrógeno. Era voluminoso, peligroso y poco práctico, sin embargo, esta idea fue la que hizo posible que el fuego se traslade a un pequeño dispositivo mecánico y portátil. Como recoge BrandStocker en su episodio dedicado a la historia del mechero, el salto definitivo llegaría en 1909 con el encendedor de bencina del austrohúngaro Carl von Auer von Welsbach, que sentó las bases del mechero tal como lo conocemos hoy. A partir de ahí, su evolución fue mucho más rápida. Los encendedores de gas butano llegaron en los años sesenta, y en 1973 la empresa Bic presentó el primer mechero desechable con llama regulable.

Ahora bien, no hay duda de que, entre todos los encendedores que ha producido la historia, hay uno que supo trascender a su función. En 1932, un empresario de Bradford, Pennsylvania, llamado George Grant Blaisdell observó a un amigo forcejear con un encendedor austriaco incómodo de manejar. El artículo cumplía su función, pero le faltaba elegancia, era poco práctico y, sobre todo, frágil, ya que se abollaba con facilidad. Entonces Blaisdell, al verlo, se propuso la misión de rediseñarlo. Le fabricó una carcasa rectangular, con tapa abisagrada que podía abrirse con una sola mano y protegía la llama del viento. Así nacieron los encendedores Zippo, bautizados con ese nombre porque a su creador le gustaba el sonido de la palabra zipper, la cremallera, que también era un invento reciente de la época. El primer modelo Zippo se vendió en 1933 por 1,95 dólares, con una promesa que se ha mantenido intacta hasta hoy: si se rompe, se repara gratis.

 

Un objeto que fue a la guerra

Hacerse un lugar como parte de la historia fue una decisión de marketing que posicionó a los encendedores Zippo como un ícono cultural. Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial en 1941, la empresa cesó toda producción civil y destinó toda su fabricación al ejército. Millones de soldados tenían su mechero Zippo en el campo de batalla. Lo usaban para encender cigarrillos, para calentarse e incluso, como se llegaba a contar en esos tiempos, alguno hasta detuvo una bala. Todas esas historias, que circulaban entre los soldados y los civiles que estaban pendientes del desarrollo de la guerra, se convirtieron en parte de la mitología que, como señalan en Bienpensado, convirtieron al encendedor en un símbolo más grande de lo que ninguna campaña publicitaria habría podido construir.

Al finalizar la guerra, la carga emocional se trasladó a lugares más alegre. Durante los años sesenta, comenzó la costumbre de levantar la llama en los momentos más emotivos en los conciertos. Un gesto que, con el tiempo, se convirtió en uno de los rituales más reconocibles de la cultura popular. El encendedor también fue haciéndose lugar en películas, portadas de discos y en todo personaje construido como un modelo a seguir.

 

El grabado como marca personal

Hay algo en la superficie metálica de un encendedor que se presta a la intervención. Quizás sea por su tamaño, por el color plateado o porque ya es parte de quien lo lleva. El caso es que los encendedores son parte de los objetos que más son intervenidos por sus dueños. Ya sea con dibujos, nombres grabados o los colores de algún club deportivo, la búsqueda por darles una marca personal para volverlos únicos e inconfundibles, es un detalle propio de toda persona que haga un uso cotidiano del mechero. Como explican en la página de Zippo España, la marca siempre fue consciente de esta potencia y por ello, a mediados de los años treinta, ya fabricaban encendedores personalizados para empresas, los cuales representaban cerca del cuarenta por ciento de su volumen de negocio, según los documentos registrados en su historia corporativa.

En la actualidad, esa tradición sigue completamente viva. Como explican desde Regalo Grabado, el mechero es hoy uno de los artículos más demandados como regalo precisamente por esa combinación de uso cotidiano y capacidad de portar un mensaje. Un mechero con un nombre grabado no se pierde en un cajón como tantos otros regalos, sino que es parte de la rutina diaria. La posibilidad de personalizar este objeto de uso frecuente, hace que su valor simbólico sea tan alto que incluso son preciados cuando su dueño decide heredarlo a otra persona.

 

Lo que perdura en el metal

Hay una diferencia entre un regalo que se usa y un regalo que se recuerda. El primero cumple su función y se desgasta. El segundo acumula historia con el tiempo, se vuelve más valioso a medida que envejece, y acaba diciendo algo sobre quien lo dio y sobre quien lo recibió. El encendedor personalizado se ganó su lugar en la segunda categoría gracias a su naturaleza. Es un objeto pequeño, portable y cotidiano, que necesita ser marcado por su dueño para afirmar su valor.

En una época de objetos desechables y mensajes efímeros, hay valores que aún se conservan, aunque, si se miran con distancia, no sean más que un trozo de metal grabado. No se trata de nostalgia, tampoco de marketing directo. Es la combinación entre el objeto personal, la imagen del fuego, que es el símbolo más antiguo de la unión, y la necesidad cotidiana del mechero.

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