El derecho a divertirse de los mayores

No hay edad para la diversión. Por muchos años que arroje su DNI, las personas mayores también tienen derecho a dedicar su tiempo al ocio y al entretenimiento. No solo tienen derecho, sino que deben. Al fin y al cabo, la jubilación, hoy que todavía existe, tiene como objetivo que los antiguos trabajadores, después de cuarenta años de esfuerzo sosteniendo el país, puedan ahora descansar o hacer lo que más los plazca. Residencias geriátricas de Barcelona como Benviure encuentran en este principio uno de los fundamentos de su cometido. Además de por una asistencia médica de primer orden, unas instalaciones adaptadas al detalle a sus necesidades físicas y afectivas y un entorno natural de gran belleza, esta centro para la tercera edad persigue mejorar la calidad de vida de sus residentes con un equipo humano que tiene en cuenta la realización de actividades lúdicas de todo tipo para su disfrute.

No obstante, es justo reseñar que, por lo general, gracias a los avances de la medicina y del estilo de vida de la sociedad, las personas de la tercera edad7 acostumbran a presentar una robusta salud física y mental que hace que solo la décima parte de esta población presente una situación dependencia. Es decir, que la tercera edad conserva intacta su capacidad para afrontar nuevos retos que precisen de su destreza física y mental, a pesar de que a medida que transcurren los años sea cada vez más evidente el porcentaje de ancianos que padecen un deterioro en sus habilidades funcionales. En cualquier caso, a modo de contrapeso, las personas mayores también disponen de una serie de herramientas, provistas por la experiencia vital, que les aportan virtudes todavía no aparecidas en la gente más joven. De ahí que el desarrollo de su potencial dependa en buena medida de las posibilidades que les ofrezca la sociedad en su conjunto, en demasiadas ocasiones abandonada a un excesivo paternalismo o una condescendencia contraproducente e incluso humillante, que reduce a los ancianos a una condición de “niños con arrugas”.

Este defecto se puede apreciar con excesiva frecuencia en ciertas dinámicas de grupo que, escudadas en la promoción de una actividad preventiva de la salud física y mental, acostumbran erróneamente a tratar a los pacientes como si fueran simples infantes. En este sentido, el juego o la actividad pueden canalizarse hacia un terreno que respete al anciano como persona adulta y no le haga de menos. Por ejemplo, una de las actividades que sirve para relacionar colores y figuras, estimular la actividad racional mediante el cálculo y la organización de estrategias de futuro y hasta mantener las habilidades motrices de las manos es, sin ir más lejos, una partida de tute –o cualquier variedad de juego de naipes que los ancianos en cuestión hayan practicado toda la vida-. En este sentido, un taller de la memoria tan efectivo como emocional puede consistir en preparar una sesión de música retrospectiva en la que las personas mayores escojan por sí mismas las canciones que desean escuchar y que les remitan con mayor fidelidad a su juventud para, además, ponerlas en movimiento mediante una sesión de baile. ¿Nunca ha asociado una canción en concreto a aquella excursión de vacaciones de verano con los amigos o a ese primer beso con la chica que le gustaba en el instituto? ¿No se le pone una sonrisa en la cara cada vez que vuelve a escucharla fruto del azar? Pues por ahí van los tiros.

Quizás donde más podría hacerse hincapié dentro de estas indicaciones es en la necesidad de que las actividades y los juegos se produzcan en compañía, dentro de un marco afectivo propicio y positivo. Uno de los principales males que aquejan a la tercera edad en nuestro país es la sensación de soledad y abandono. La progresiva pérdida de las relaciones cultivadas a lo largo de la vida incide en que el anciano tienda cada vez más a recluirse en la soledad del hogar, alejado de la vida activa y en la calle y, por tanto, a merced de una degeneración más rápida y pronunciada de sus habilidades motoras y psicológicas. La vida en comunidad, en definitiva, es sinónimo de salud para los mayores. De ahí el importante papel que desempeña el núcleo familiar a la hora de proporcionar al anciano un entorno de convivencia agradable y activo, en el que pueda conservar intactas sus capacidades. Aparte de esto, ligado a los ritmos de vida que implica la sociedad contemporánea, las personas de la tercera edad pueden devolver con creces este contacto elemental ofreciendo un soporte de ayuda a la dinámica familiar cotidiana como, por ejemplo, contribuyendo al cuidado de los pequeños de la casa. Una relación natural y tradicional que se revela como extraordinariamente positiva para la salud afectiva de ambos.

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